El cine

En verdad que cuando empecé a escribir este post, mi intención era destacar el ver las películas en versión original en los pequeños cines de la comunidad de Madrid, donde el público asistente es limitado y puedes disfrutar de grandes interpretaciones en la lengua materna de los actores en la gran pantalla. Pero según escribía empecé a recordar aquellos cines-teatros donde uno podía disfrutar de grandes películas, con una calidad de sonido que ríase usted del sonido envolvente y en un ambiente confortable a la vez que espectacular. Me viene a la memoria el cine Imperio, que estaba situado en la cuesta del Águila, donde vi mi primera primera película junto a mi hermano y mi primo, más o menos rondando los 6 o 7 años. Lo recuerdo no por la película (un clásico como era 101 Dálmatas) si no por lo espectacular del lugar: un amplio hall de entrada donde se encontraba la taquilla, así como múltiples carteles de películas por estrenar o ya pasadas, con una puerta frontal por donde se podía entrar al patio de butacas y otra lateral que te conducía por una estrecha escalera al anfiteatro, desde donde vi la película. Para mi un recuerdo inolvidable. Hoy ese cine es un bloque de pisos. Aunque guardo en mi memoria el día en que pasé por esa calle, con el cine derribado, dejando al descubierto su pantalla de cine, así como su anfiteatro y su patio de butacas.

Tras esa película, muchas historias han pasado ante mis ojos en distintas salas y multicines. He de decir que sólo he encontrado esa misma sensación que viví en  aquel momento en dos cines: el Palacio de la Música y los cines de la Plaza de los Cubos. El primero por su espectacular ambiente de teatro y su gran pantalla. Para mi desgracia (y la de muchos supongo) hoy es una tienda de ropa. Los segundos son más modernos, pero en ellos he encontrado aquello que viví en ese momento: la sensación de estar sólo ante la película, sin los aspectos molestos de los cines actuales.

Dejando la nostalgia de lado y centrándome en lo que quería escribir desde un principio, empecé a ir a estos cines que comento más arriba, los de la Plaza de los Cubos, cada Lunes hará cosa ya de un mes, gracias a a la iniciativa de mi amigo. Hacía bastante que no iba a una sesión en versión original. Antes sólo había ido un par de veces, si no recuerdo mal, para ver “The Wrestler” y “Midnigth in Paris”. Recuerdo estas dos películas por dos aspectos. El primero, es que ambas sesiones, como ya he dicho, eran en versión original. Antiguo defensor del doblaje al español (si, reconozco que era de los que decía que no era tan malo),  he de reconocer que las películas han ganado muchos enteros desde que las veo en la lengua en las que fueron rodadas. No sólo porque te evitas pensar que esa voz corresponde a varios actores (ahora mismo me viene a la memoria que Constantino Romero dobla a una infinidad de ellos), si no porque te das cuenta de por qué un actor es bueno o por qué un papel ha sido galardonado con un premio. No digo que los doblajes sean del todo malos, pero siempre dejan en el tintero horas de ensayo y de inmersión en el personaje que dudo mucho que un doblador de películas llegue a alcanzar. Sin ir más lejos, siempre voy a tener en la cabeza el día que descubrí que Denzel Washington tenía más registros de los que había visto en otras de sus películas. Siempre pensaba que daba lo mismo que papel interpretase, porque siempre interpretaba a un tipo pausado, tranquilo, cansino en cierta medida.

El segundo aspecto que me gusta de estos cines es la tranquilidad. Probablemente “The Wrestler” no sea la mejor película del mundo, ni Mickey Rourke el mejor actor de la cartelera, pero fue ese ambiente, en los que sólo había 5 o 6 personas más, lo que hicieron (junto a, en mi opinión, una gran interpretación de este actor) que esa película me pareciese simplemente genial, con un remate sublime como fue la canción de Bruce Springsteen que lleva el mismo nombre que la película. Creo que todos hemos experimentado el momento en el que algo importante va a pasar en la película que estamos viendo y en ese momento alguien habla, ríe, o hace ruido con las múltiples vituallas necesarias para soportar la larga hora y media de batalla.

El caso es que he vuelto a re-descubrir la gracia de ir al cine, con el aliciente de ver las películas en versión original. Es cierto que es algo caro, pero como se suele decir para estos casos, siempre existen descuentos, como es el día del espectador, en el que el precio no supera los seis euros, precio por el cual la gente se toma todos los fines de semana más de una copa y no se queja (yo si). Prefiero dejarme esos seis euros cada Lunes en evadirme del mundo y sentirme como el personaje que estoy viendo en la gran pantalla.

Fer

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