Viena y su Museo de Historia Natural

Viena, hasta hace unas semanas, era para mi: la Staatsoper, el Musikverein (concierto de año nuevo), la Sachertorte, Mozart (Salzburgo), Strauss y no mucho más. De acuerdo, soy un auténtico inculto. Seguro que algo más sé, pero debería hacer algo de minería en mi cabeza, y dado mi perímetro craneal, llevaría años. Pero mi primera y espero que no última visita a Viena ha incorporado un nuevo dato y un grato recuerdo de la ciudad: el Museo de Historia Natural.

Antes de nada, debo decir que mi visita a Viena consistió en un semana rápido en el que me incorporaba a una expedición de bravos investigadores, entre los que se encontraba mi novia, con el loable motivo de defender los resultados obtenidos en el estudio de la famosa Arabidopsis Thaliana. Así que me tuve que adaptar a las necesidades de grupo. Por unanimidad, se eligió este museo como visita principal, que si bien no hubiera sido una de mis primeras opciones, he de reconocer que no me arrepiento para nada.

También añadir que el viaje desde Zürich con el tren no está mal. Son ocho horas, eso si, pero los paisajes son bastante bonitos. Por otra parte, el tren llegaba a Budapest, y me hizo pensar como serían esos viajes hace más de un siglo. Eso si que era una auténtica odisea.

Concluido el preámbulo, ahora sí, el Museo. Lo dicho, una auténtica pasada. Se inauguró en 1889, y está emplazado en la plaza de María Teresa (Maria-Theresien-Platz), frente al Museo de Historia del Arte. El lugar es ya de por si bonito, dada la dimensión de la plaza y por el tamaño de ambos edificios. La zona queda cerca de lo que se conoce como Museumsquartier. Desde aquí ya digo que no pudimos visitar todo el museo, que consta de dos plantas. Como siempre ocurre en este tipo de museos, uno se queda embobado con las primeras salas, sin darse cuenta de que siempre queda mucho más.

Si comenzamos por la primera planta, las primeras salas que nos encontramos corresponden colección de minerales, extraídos y transportados desde diversos lugares del mundo. Se pueden encontrar en su estado natural, tal y como los extrajeron, como en distintas piezas de artesanía. Si uno se detiene y a parte de admirar la colección, observa el entorno, uno se da cuenta que el museo, ya de por si, merece la pena. Cada sala está decorada de manera individual con esculturas y frescos de distintas épocas y sucesos de la historia.

En las siguientes salas el museo alberga una colección muy interesante de meteoritos, acompañados de diversas explicaciones y animaciones sobre su formación, tipología y las consecuencias que tuvieron o podrían tener al impactar contra diversos satélites o planetas, incluyendo el nuestro. Sonará tonto, pero poder ver y tocar a estos “viajeros espaciales” es algo que me sigue pareciendo emocionante. Luego comienza la vida. El origen de nuestro planeta y la explicación sobre la aparición de las diversas formas uni- y pluricelulares que empezaron a colonizar el planeta. De la vida pasamos a lo que nuestro niño interior desea ver: fósiles. Comienza la colección con pequeñas cianobacterias, algas y pequeños trilobites, para posteriormente, dar paso a una serie de salas donde ahora nos quitamos nuestro traje de adulto y miramos con ojos de chaval de 8 años que ve por primera vez Jurassic Park: esqueletos y huesos de dinosaurios. Mi mente no paraba de imaginar a esos gigantes óseos con todos sus órganos y piel, moviéndose por la sala (el dinosaurio mecánico en movimiento y el animador con traje dinosaurio ayudaban).

La muestra continua con la aparición del hombre como nueva especie en el planeta y su evolución a lo largo de los “últimos” años. De todas las piezas recogidas y que fueron fabricadas por nuestros ancestros, destaca la Venus de Willendorf, una pieza antropomorfa de una mujer con una antigüedad de entre 20000 y 22000 años. Ahí es nada. Existe además en estas salas una comparación bastante amplia de nuestros antepasados a nivel morfológico. Nos quedamos sin ver el planetario que alberga el museo en una de sus salas, pero no nos dimos cuenta que había que reservar y que tenía una lista de horarios. Lo último que pudimos ver (en este punto, las fuerzas escaseaban) fue una galería de fotografías tomadas por los distintos satélites y vehículos planetarios que tenemos pululando por el espacio. No se si sería por el tamaño de las fotos, la tenue luz de la sala enfocando a aquellas imágenes o la majestuosidad de esos colosos que orbitan junto a nosotros alrededor del Sol, pero cuando observo y calculo mi tamaño respecto a estos gigantes, no puedo más que sentirme pequeño, minúsculo y afortunado de poder tener el conocimiento de su existencia, así como de mucho de lo que nos rodea. Si encima acompaño la escena delante de una foto de Júpiter con banda sonora de Gustav Holst de fondo, apaga y vámonos.

En este punto, y tras casi dos horas, estábamos (estaban, yo podría haber continuado como niño ilusionado, como bien podéis imaginar) cansados y decidimos concluir la visita. Pero queda pendiente la segunda planta.

Si visitáis Viena y, a parte de la visita obligada a su Staatsoper, Musikverein, catedral y castillos, tenéis tiempo de visitar este museo, hacedlo. Son 8 € muy bien aprovechados. Y si vais con niños seguro lo disfrutan también.

Fer

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